juanlo
Mi nombre podría haber sido cualquiera, siempre que fuera el compuesto por los dos nominales correspondientes a las figuras de los padres paternos y maternos, larga tradición en pueblos y aldeas. Aunque me crié mayormente en la villa de Cehegín, hoy por hoy el vínculo es mínimo. Vivo en Murcia junto a una igual. También con otra hija de los creadores y a la vera de mi perra, Tabi.
Las facturas las pago a golpe de actualización de software y sustitución modular de componentes manufacturados en otros continentes. Lo que sobra lo dedico a ingerir literatura inculta o dudosa, digital y analógica; a amedrentar trastes y otros mecanismos polifónicos; a meditar, hasta ahora sin místicos resultados.
Escribo desde muy joven, en estos días, plasmando en el papel las pequeñas historias que pueblan mis células nerviosas.
En el pasado practiqué la oscilación sonora con muchas bandas, algunas en el pueblo y otras en la ciudad. He tenido proyectos propios y participado en otros tantos con muchedumbres variadas.
Casualmente -a veces no tan casual- consumí cocaína, y de manera continua alcohol y cannabis.
Meses antes del confinamiento forzoso por la pandemia de 2020, y concentrado en el monstruo alimentado durante años y años, toqué fondo. Se concedió que no saliese de casa salvo para poco más que comprar garrafas de vino e ingentes cantidades de cafeína y hachís. Le di permiso a la maraña de mi mente para sumirse en la más que consabida autodestrucción tantas veces prescrita y escrita, y para cortar comunicación con la práctica totalidad de conocidos y amigos.
Gracias a psicólogos y psiquiatras; al persistente e ininterrumpido pasar del tiempo; a la increíble paciencia de seres de la altura de Lola y Mara; y también a la inestimable compañía de la pequeña Tabitha, he conseguido ausentarme de ese lugar tan jodido en el que entré y al que, a ser posible, preferiría no volver.